Los community colleges ocupan un lugar distinto en la educación superior estadounidense, determinado por su crecimiento relativamente reciente, sus limitados fondos patrimoniales y su estrecha conexión con las comunidades locales. El autor señala que aproximadamente la mitad de los community colleges de Estados Unidos se fundaron en la década de 1960, mientras que Westmoreland, donde trabaja, se estableció en 1970. Muchos comenzaron como instituciones pequeñas que atendían principalmente a estudiantes de menores ingresos, por lo que cuentan con menos donantes entre sus exalumnos y menos riqueza acumulada que las universidades más antiguas.

Esa historia ha influido en su estructura financiera. Aunque la Comisión Truman recomendó una red nacional de community colleges gratuitos después de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte del país no adoptó ese modelo. Incluso los sistemas que inicialmente ofrecían matrícula gratuita, incluidos CUNY y el de California, afrontaron presiones presupuestarias en la década de 1970. A medida que la financiación pública dejó de mantenerse al ritmo de los costos, la matrícula se convirtió en una fuente de ingresos cada vez más importante, pese a que los community colleges no fueron diseñados en torno a ese modelo.

La gobernanza y la financiación también varían ampliamente. Algunos centros están supervisados por distritos escolares locales, mientras que otros se organizan en torno a condados o funcionan con distintos niveles de participación estatal. Su papel en el desarrollo de la fuerza laboral incorpora a los empleadores y a otras organizaciones locales al grupo de partes interesadas. La financiación puede provenir de mecanismos locales de impuestos sobre la propiedad, asignaciones estatales o apoyo local, y muchas de estas fuentes se han quedado rezagadas frente a las necesidades institucionales.

El autor identifica el enfoque como la diferencia más importante entre los community colleges y otros tipos de educación superior. La mayoría no tiene residencias estudiantiles o las ofrece solo a una pequeña proporción de los estudiantes. El atletismo y las actividades estudiantiles suelen ser más limitados que en las instituciones residenciales de cuatro años, y el baloncesto es más común que el fútbol americano. Mientras que las universidades combinan la enseñanza con la investigación, un atletismo destacado y una experiencia residencial más amplia, los community colleges se centran principalmente en la enseñanza.

Ese enfoque se está ampliando a medida que los centros reúnen cada vez más a empleadores locales y ofrecen capacitación laboral. Su misión educativa incluye programas con y sin créditos, como la formación de técnicos en emergencias médicas, que puede no conducir a créditos académicos, pero sigue siendo importante para las comunidades atendidas.

Sin embargo, el autor advierte que la creciente atención a la educación para el trabajo no debería ocultar la misión tradicional de transferencia. Los community colleges ofrecen una vía hacia títulos avanzados y carreras mejor remuneradas para estudiantes limitados por responsabilidades económicas o familiares. También brindan una oportunidad a estudiantes cuyos expedientes de secundaria fueron irregulares, pero que posteriormente desarrollan sus capacidades académicas.

Este énfasis en el acceso y la enseñanza también determina las prioridades de los campus. El autor afirma que, durante los años en que administró community colleges en varios estados, nunca escuchó a nadie sugerir que se redujeran las exigencias académicas para un estudiante debido a su condición de deportista. Los deportes de alto perfil y los debates de los campus de élite no ocupan un lugar central en las prioridades de estas instituciones.

El autor sostiene que la cobertura mediática de la educación superior suele depender demasiado de las experiencias de las universidades prominentes, y se concentra en cuestiones como la política del profesorado, el activismo estudiantil y unos costos de asistencia muy elevados. Esas preocupaciones no representan los principales desafíos de los community colleges, que matriculan a más estudiantes que la Ivy League en conjunto. A pesar de las dificultades financieras del sector, su misión clara y su papel específico merecen mayor atención.

Fuentes: Inside Higher Ed.